
Los últimos días de Manuel Belgrano: la enfermedad y la soledad detrás del creador de la bandera

Manuel Belgrano nunca gozó de buena salud. Ya durante la Batalla de Salta los dolores eran tan fuertes que pasó largos tramos postrado en un catre improvisado, al punto de perder la noción de lo que ocurría a su alrededor. Con los años, ese cuadro derivó en hidropesía: una acumulación de líquido en tejidos que hoy se identifica como edema y que, en la mayoría de los casos, es síntoma de un problema cardíaco, renal o hepático de fondo. La medicina de la época no logró diagnosticar con precisión qué enfermedad lo afectaba en realidad, ni pudo ofrecerle un tratamiento adecuado.
En septiembre de 1819, ya gravemente enfermo, Belgrano dispuso su propio relevo del mando del Ejército del Norte. "Me es sensible separarme de vuestra compañía, porque estoy persuadido de que la muerte me sería menos dolorosa, auxiliado de vosotros, recibiendo los últimos adioses de la amistad", le dijo a sus hombres. Fue, según relatos de la época, la única muestra de afecto sincero que recibió en ese tramo final de su vida.

Un viaje final marcado por la hostilidad
A comienzos de 1820, con sus piernas tan hinchadas por la hidropesía que debían bajarlo en andas en cada parada, Belgrano emprendió un penoso viaje hacia Buenos Aires. El gobernador de turno le había respondido que el tesoro provincial estaba exhausto, por lo que tuvo que financiar el traslado con dinero que le prestó un amigo. A lo largo del trayecto solo recibió frialdad y hostilidad de quienes se cruzaban con él, un contraste evidente con la magnitud de lo que había hecho por la independencia.
Llegó a Buenos Aires en plena Anarquía del Año XX, un período de extrema inestabilidad política, y se instaló en la misma casa donde había nacido, sencilla y sin comodidades. Pocos amigos se acercaban a visitarlo. Según los relatos históricos, su única alegría en ese tiempo fue poder ver crecer a su hija pequeña, a quien llamaba "palomita".

Una despedida sin reconocimiento
Belgrano murió a las 7 de la mañana del martes 20 de junio de 1820, a los 50 años, atendido por el médico escocés Joseph Redhead. Su situación económica era tan precaria que no tenía cómo pagarle por sus servicios: como gesto de agradecimiento, le entregó un reloj de bolsillo de oro y esmalte que el propio rey Jorge III del Reino Unido le había obsequiado años antes. Fue prácticamente el único objeto de valor que conservaba.
La paradoja resulta todavía más fuerte si se considera que la familia Belgrano había sido una de las más acaudaladas del Río de la Plata antes de que él se comprometiera con la causa independentista. El mismo día de su muerte quedó además eclipsado por la crisis política que vivía Buenos Aires, conocida como el "Día de los tres gobernadores", lo que explica en parte por qué su fallecimiento pasó casi inadvertido en ese momento.


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